E ti terás medo?

Entre las pescaderas del muelle de Linares Rivas no se habló ayer y anteayer de otra cosa que de un caso de alucinación que a ellas y a la protagonista del curioso sucedido se les antoja un hecho real y efectivo, obra del diablo, que adopta cuántas formas tiene por conveniente para sus fechorías.

0currió la cosa en la madrugada del domingo, a la una y media, cuando dos de aquellas sencillas mujeres, después de terminadas sus faenas en el «muro» se dirigían a sus respectivos domicilios,

Vive una de ellas en las casas inmediatas al Matadero y la otra en una de las que forman la barriada del camino de la Torre de Hércules frontera al Cementerio.

Juntas se encaminaron a sus respectivos domicilios llevando la primera un niño en brazos y la segundaa una cesta o “patela” en la cabeza y al llegar al Matadero se separaron, preguntando la que allí se quedaba a la que continuaba:

—¿E tí teras medo?

—Non teño medo nin a o demo —contestó la interpelada, una mujer casada, joven, guapa, buena moza.

Y aunque los lugares por que tenía que atravesar, solitarios, poco alumbrados y sin vigilancia alguna son un tanto peligrosos para atravesarlos a tal hora una mujer sola, la de nuestra historia siguió tranquila y confiada.

Nova do Orzan can do demo

 

Pero sea porque en su animo hubiese hecho mella la pregunta de su compañera y la obsesionase la preocupación de tropezarse con alguien en su camino, sea por cualquier otra causa, el caso es que casi traspuesto el Campo Volante un perrazo enorme, blanco, que surgió inopinadamente se abalanzó a ella —asi lo cuenta la aterrada mujer—y poniéndose sobre las patas traseras apoyó las delanteras en su pecho.

Luchando con el animal logró desasirse de él y llena de espantó volvió sobre sus pasos y corrió calle de la Torre abajo; pero entonces se  le apareció un hombre de luengas barbas que trató de echarle mano.

El miedo se apoderó de ella en tal forma que no tuvo más fuerzas que para correr, y corriendo, corriendo, sin ánimos para gritar porque en la garganta se le había formado un nudo, llegó, por el Campo de Artillería y la calle del Hospital a la del Papagayo donde se metió en el único portal de la casa que halló abierta y allí comenzó a pedir auxilio.

Acudieron a prestárselo las vecinas quienes no vieron a nadie que la persiguiese, mientras que la aterrada pescadera, en su alucinación, juraba y perjuraba que allí estaba el hombre de las barbas que corriera tras ella y que intentaba cogerla.

—Si no hay nadie, mujer. Cálmese, tranquilícese —le decian.

Pero ella aseguraba que veía a su perseguidor implacable. Y con cara de espanto y los ojos fijos en una visión, gritaba;

—¡Si; ahí está…! Y que se lleva al niño, que se lleva al niño…!

Costó trabajo a los vecinos convencerla de que’ no ocurría nada de lo que ella veía y luego la acompañaron a su casa donde la dejaron presa de una gran excitación.

Tuvieron sus familiares que meterla en cama y como la alucinación seguía persiguiéndola se acudió a un sacerdote, quien bendijo la casa, llevando la tranquilidad a su ánimo

La infeliz mujer sigue asegurando que la aparición del perro y del hombre es tan cierta como la luz, y entre sus vecinos del barrio y sus compañeras del «muro»  el suceso se relata y se comenta con toda clase de pelos y señales.

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