Biografías coruñesas: María, bañeira de Riazor

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Vista da Praia de Riazor de Antonio Passaporte– Fototeca del Patrimonio Histórico

Entrevista a María unha bañeira que traballaba na praia de Riazor desde 1916. Foi publicada na Hoja Oficial del Lunes do 28 de xunio de 1954.

Maria lleva treinta y ocho años como bañera y por sus manos pasaron muchos llorones pequeñuelos que, más tarde, se habrían de convertir en sesudos representantes de la muy noble ciudad herculina.

Maria tiene sesenta y dos años y está bien conservada. Dice que son los aires del mar. Esos aires que ella tomó durante muchos años desde las seis de la mañana hasta bien entradas las tres de la tarde, siempre muy modosita, vestida con su traje de baño de volantes de esos que ahora —¡oh poder de los años!— mueven a risa.

Entonces había dos playas: la de la familia Dorrego y la del Ayuntamiento. Dos playas muy pequeñitas, absorbidas en toda su escala por las mareas altas, que obligaban a subir y bajar las casetas. Entonces había un trampolín de madera en las peñas cercadas llamadas de “la sarga”, y los bañistas se agarraban a las cuerdas para no peligrar cuando las aguas les cubrían las rodillas. Entonces a la playa se iba arreglado y las damas vestían lujosos trajes y lucían auténticas alhajas que suplían a las de “mentirijilla” de ahora; los hombres usaban pajilla; no se veían las criaturas en la orilla y el que salía algo lejos, en demostración de: sus dotes natatorias, era tachado de suicida.

Pero entonces… Entonces —lo recalca María- se divertían mas que ahora, y cuando lo afirma por algo será.

Ella asegura que la playa era un tónico, un plan medicinal. Ella afirma que la playa es ahora un [ilegible], una forma de ponerse moreno para presumir después de elegante. María tiene sesenta y dos años, María tiene experiencia, y cuando María nos dice estas cosas, algunas razones tendrá.

La gente no iba por las tardes a la playa. De siete a once de la mañana se mojaban las señoras y señoritas, que dejaban paso, más tarde, a la zambullida masculina. Como se puede apreciar, las damás iban siempre delante. Pero además había espacios reservados para uno y otro sexo, rígidamente separados. Y si algún audaz trataba de penetrar en el verado terreno, bien a pasos sigilosos o bien en disimuladas brazadas, “o a causa de las corrientes”, eran digna y prontamente expulsados y digna y prontamente no les quedaba más remedio que emprender una huida no tan lenta como su fracasada intentona y mucho más rápida que su audacia.

Una moda muy en boga era la de los baños de sol y sombra. Un poquito al sol, otro poquito a la sombra. Y casi siempre vestidos, o desnudos con mucha ropa. Sí, amigos mios. Pero entonces la caseta costaba quince céntimos y tocaba la orquesta y había un palacete o marquesina donde se respiraba, además de aire un buen ambiente y había un balconcillo muy fresquito desde donde se divisaba un estupendo panorama, y un jardincillo, amén de muchos árboles. Sí, señor, entonces también había algas; pero las algas, dice Maria, eran saludables, purificaban el ambiente y servían, además, para abono; un abono muy solicitado que daba dinero. Hoy, nos dice María, las algas se aburrieron o se murieron al contacto con las cosas que lanzan las alcantarillas. Y María no comprende por qué se marcharon las algas y las gentes siguen viniendo año tras año.

María nos narra cómo, ya entrado el mes de septiembre, se bañaban las “catalinas”, con su camisa pegada por la humedad al cuerpo. Cómo se hablaba y se practicaba una intensa vida social debajo de aquellas sombrillas, cómodamente sentados —es un decir— en aquellos banquillos, con sus cestitos y su sombra acogedora. También nos dice que su misión era la de bañar niños (y no niños) y echarle la capa a las mujeres para que no se les vieran los tobillos o los blancos brazos desnudos.

También María nos explica cómo a base de baños de impresión sanaban algunos faltos de juicio. Maria asegura que en los tres primeros baños, allá en la lejanía, tras un corto viaje en bote, y con el enfermo —la víctima, diría yo— bien amarrado por la cintura, se le daba un empujón y ¡zás! En el cuarto baño el enfermo decía “¡Ay!'” y al quinto, murmuraba “Ay, déixame!” Era que la sangre se le empezaba a revolver, y comenzaba ya la curación…

Entonces sucedían muchas cosas que hoy no comprendemos. Entonces alguno se metía en la caseta femenina y salía vestido de mujer. Pero el robo no solía dar resultado, y el truco, generalmente, era descubierto.

Entonces, y ahora, algunos bañistas se ahogaban, y entonces y ahora, cuando menos se piensa, a uno le vuela el reloj. Ahora y entonces se cuidó poco de adecentar la playa de Ríazor.

Entonces María era enteramente feliz. Pero María estaba enamorada de un bañero y él hace un año murió. María trabaja, María tiene hijos y María no se queja del Riazor de ahora, pese a la falta de algas, pese al aumento de las inmundicias. María cree que todo se arreglará antes que ella tenga que dejar la playa, la playa en la que ha pasado media vida, la playa de Riazor que María asegura que es la playa coruñesa por excelencia.

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